La mesa global de la verdad brutal en Davos y el futuro del mundo y de Pakistán
Por Raja Zahid Akhtar Khanzada
La verdad brutal no es la que se pronuncia desde los púlpitos morales. Es la que se coloca sobre la mesa en las salas del poder, sin velos y sin suavidad. Es una verdad que las naciones prefieren no escuchar, pero sobre la que se construyen los imperios. En la verdad brutal hay menos esperanza y más realidad. No hablan los principios, hablan los resultados. Por eso, a lo largo de la historia, esta verdad ha aparecido siempre en tiempos de guerra o en el momento mismo del nacimiento de los imperios. La historia de Estados Unidos también está moldeada por esta franqueza amarga. La diferencia ha residido únicamente en la forma de expresarla: algunos líderes la ocultaron, otros la asumieron abiertamente.
En la historia presidencial estadounidense, Abraham Lincoln expresó esta verdad brutal durante la Guerra Civil al admitir que salvar la Unión exigiría aceptar contradicciones morales. Theodore Roosevelt dijo al mundo que la paz sin poder no es más que una ilusión. Harry Truman proclamó el interés del Estado sin remordimientos tras la bomba atómica. Richard Nixon reconoció que la verdad no siempre coincide con el interés nacional. Ronald Reagan dividió al mundo al calificar a la Unión Soviética como un imperio del mal. Barack Obama, detrás de un rostro sereno y elocuente, mantuvo una guerra silenciosa de drones. Todos fueron distintos acentos de una misma verdad brutal, algunos refinados, otros despiadados, pero nacidos del mismo filo.
Donald Trump no es una anomalía dentro de esta tradición. Es simplemente su rostro sin máscara. Dijo en voz alta lo que sus predecesores decían en voz baja, a puerta cerrada. Para él, la ley no es un texto sagrado, sino una herramienta utilizable. Esa lógica conduce de forma natural a la vieja idea de que el poder tiene derecho a alterar la geografía. Sus cambios de postura no son contradicciones, sino el lenguaje clásico del regateo, donde presión, amenaza y concesión forman parte de un mismo acuerdo.
Con esta mentalidad, el mundo se ha reunido en torno a una mesa donde la paz se sirve en los platos, pero bajo ellos se esconde el cuchillo del poder. El Foro Económico Mundial, celebrado entre las montañas nevadas de Davos, se ha presentado durante años como un símbolo de cooperación global, diálogo y futuro compartido. Este año, sin embargo, ha dejado al descubierto otra realidad: el orden internacional ya no se sostiene sobre la confianza, sino sobre la presión, los intereses y el equilibrio de fuerzas.
Al abandonar Davos, el presidente Donald Trump afirmó que había sido un momento increíble. En varias capitales europeas, esa frase se interpretó menos como celebración y más como una señal de alarma. Para muchos, no anunciaba una festividad, sino el reconocimiento de que los cimientos de las viejas alianzas, basadas en la confianza, comenzaban a resquebrajarse. El episodio de Groenlandia se convirtió en el símbolo más claro de esa fractura. El discurso comenzó con el lenguaje de la propiedad, pasó luego a la presencia militar, derivó en presión económica y amenazas arancelarias y, en cuestión de horas, se transformó en un marco en el que la soberanía formal de Dinamarca se mantenía en el papel mientras se ampliaban discretamente las vías de acceso militar estadounidense. La posición de Washington fue directa: seguridad total y acceso total. Un funcionario danés señaló que ese acceso ya existía. Solo había un punto innegociable: Groenlandia no sería incorporada a Estados Unidos.
Es en este punto donde una frase conocida deja de ser metáfora para convertirse en realidad: si no estás en la mesa, puedes acabar en el menú. En Davos, esta idea se transformó en el resumen de la diplomacia contemporánea. La cuestión ya no es el territorio, sino las reglas. Y cuando las reglas las define el poder, el mayor temor de los Estados pequeños y medianos es que las decisiones se tomen sobre ellos, pero sin ellos.
En este contexto, Trump lanzó su denominado Consejo de la Paz y presentó la firma de su carta como una nueva arquitectura global. Aseguró que trabajaría junto a Naciones Unidas, pero en la misma frase afirmó que este consejo podría hacer mucho más. Para los críticos, ahí se encendió la verdadera alarma, al surgir el temor de que esta estructura pueda debilitar la centralidad de la ONU y erosionar desde arriba el sistema multilateral tradicional.
La lógica del poder dentro de este foro se hizo más evidente cuando trascendió que la presidencia podría quedar en manos del propio Trump y que la membresía permanente podría implicar contribuciones de mil millones de dólares. La Unión Europea expresó abiertamente sus dudas sobre la jurisdicción, la gobernanza y la compatibilidad con la Carta de la ONU. El Reino Unido dejó claro que no estaría entre los firmantes. Así, una sólida pared de aliados se levantó frente a la iniciativa.
La dimensión de Gaza endureció aún más el panorama. Ese mismo día, Hamás reaccionó con dureza ante la inclusión de Benjamin Netanyahu, calificándola como una señal peligrosa que contradice los principios de justicia y rendición de cuentas, y cuestionando el propio espíritu de la paz. Mientras tanto, las informaciones procedentes de Rafah, las víctimas sobre el terreno y la muerte de un bebé a causa del frío subrayaban la distancia brutal entre los sueños de cristal de Davos y la realidad de polvo y sufrimiento en Gaza.
Pakistán también se sienta ahora en esa misma mesa, y aquí el análisis adquiere un carácter decisivo. A primera vista, su participación ofrece la oportunidad de mantenerse cerca de la toma de decisiones globales, de alzar la voz junto al mundo musulmán sobre Gaza y de fortalecer los canales diplomáticos directos con Washington. Pero los riesgos son igualmente evidentes. Si este consejo evoluciona hacia un sistema de poder paralelo a Naciones Unidas, surgirán inevitablemente preguntas en Europa y en otros círculos multilaterales sobre la verdadera orientación de Pakistán.
Estas inquietudes también resonaron dentro del propio Parlamento pakistaní. El líder de Jamiat Ulema e Islam, Maulana Fazlur Rehman, criticó al Gobierno por adoptar decisiones de tal magnitud sin contar con la confianza parlamentaria y describió la esperanza de paz bajo el liderazgo de Trump como una forma de autoengaño. Sugirió que la presión o el temor podrían estar influyendo en estas decisiones y señaló que, cuando las condiciones internas incluyen la presencia de grupos armados y prácticas de extorsión en ciertas regiones, las proclamaciones de paz en el exterior pierden su peso moral. Su intervención reflejó una realidad más profunda: el Estado podría estar tratando de equilibrar grandes decisiones en el frente externo con la gestión de la temperatura política interna, utilizando un relato doméstico fuerte para amortiguar posibles costos diplomáticos.
Para Pakistán, la ventaja reside en no quedarse fuera de la sala. Ha asegurado un asiento en un foro donde se mueven actores poderosos y grandes donantes. Este acceso puede traducirse en beneficios económicos y políticos tangibles, especialmente si Pakistán mantiene una línea de principios en Gaza, priorizando la ayuda humanitaria, un alto el fuego sostenido y los derechos políticos palestinos, en lugar de reducir el asunto a consignas de financiación y reconstrucción.
El riesgo aparece allí donde este consejo avance con la percepción de debilitar a Naciones Unidas o donde sus decisiones comiencen a dividir a los aliados. El ejemplo más visible hasta ahora ha sido Canadá, cuya invitación fue retirada por Trump tras el discurso crítico del primer ministro canadiense en Davos. El episodio dejó claro que esta plataforma no se limita a hablar de paz, sino que también funciona como una prueba de disciplina narrativa y alineamiento político. En cuanto a Rusia, la situación más reciente indica que su participación no está confirmada y que Moscú ha optado por mantenerse al margen en esta fase. Sin embargo, incluso la mera asociación de Rusia con un foro de este tipo resulta sensible para Europa. Si en algún momento se percibe como una vía hacia la normalización diplomática rusa, Pakistán podría verse sometido a un escrutinio innecesario y a costos narrativos en los círculos europeos.

La ausencia de China envía un mensaje silencioso pero claro. Pekín solo se involucra seriamente cuando percibe un peso real en la definición de la agenda o, al menos, cuando no ve el proyecto como la iniciativa de una sola capital. Como gran potencia económica y eje de las cadenas de suministro globales, su ausencia crea un vacío. India, por su parte, suele optar por la paciencia antes que por una alineación inmediata. Mantiene cercanía con Estados Unidos, compite con China y evita romper por completo sus vínculos con Rusia. En mesas como esta, a menudo guarda silencio para preservar su margen de maniobra. Si Pakistán proyecta una alineación apresurada en una sola dirección, Nueva Delhi tratará de convertir esa percepción en ventaja. Si, en cambio, Pakistán articula una posición clara basada en principios legales, humanitarios y políticos, resultará mucho más difícil desacreditarla.
La participación del mundo musulmán sigue siendo desigual. Algunos países brindan apoyo pleno, otros se muestran cautelosos y muchos se limitan a proteger su propia posición. Esta fragmentación debilita aún más al eslabón más frágil en los grandes proyectos globales. Para Pakistán, el camino más prudente es contribuir a construir, al menos, una voz mínima común basada en principios, de modo que su presencia no sea solo una imagen, sino una postura.
En última instancia, la verdad brutal sigue siendo la misma: el mundo ya no funciona a base de consignas, sino de equilibrios. Solo puede mantener ese equilibrio quien se sienta en cada mesa con su soberanía intacta. Pakistán está en la mesa. Ahora debe demostrar que no solo está presente, sino que también tiene conciencia y peso. Porque si no estás en la mesa, puedes acabar en el menú. Y si estás en la mesa pero sin voz, tampoco estás completamente a salvo. Tal vez esa sea la lección más clara de nuestro tiempo: sentarse no basta. La verdadera cuestión es con quién te sientas y con qué fuerza se escucha tu palabra.

Conocido por su periodismo directo y su análisis perspicaz, Khanzada ha escrito extensamente sobre geopolítica, diplomacia, derechos humanos y los desafíos que enfrentan los pakistaníes en el exterior. Este artículo ha sido traducido especialmente al español a partir de su columna original en urdu.

