¿Está Irán al borde de la guerra?
El tablero de Groenlandia y la política psicológica de Trump
Por: Raja Zahid Akhtar Khanzada
Las recientes declaraciones de Donald Trump sobre Irán, si se leen únicamente en el marco de los titulares, parecen anunciar un lenguaje previo a la guerra. Sin embargo, tras haber estudiado varias de las diecinueve obras escritas por Trump, especialmente sus libros más influyentes, y después de cinco años de formación en psicología humana durante mis estudios en medicina natural, la imagen que emerge es sustancialmente distinta. Cuando se analiza a Trump a través de sus libros, su perfil psicológico y la continuidad de sus decisiones presidenciales pasadas y actuales, el discurso bélico se transforma en una estrategia de presión calculada.
En The Art of the Deal, Trump sostiene con claridad que el verdadero poder no reside en atacar, sino en mantener viva la percepción de que el ataque puede ocurrir en cualquier momento. Su retórica dura contra Irán, las señales militares y las amenazas de sanciones forman parte de ese mismo marco psicológico. No busca empujar a Irán hacia una guerra directa, sino situarlo en un escenario donde cada decisión sea incierta y cada alternativa resulte costosa.
Su primera presidencia es prueba de que Trump evita sistemáticamente los conflictos cuyo desenlace escapa a su control. Tras la eliminación de Qasem Soleimani, Estados Unidos e Irán se encontraron al borde de una confrontación total. Aun así, Trump decidió no cruzar ese umbral. Detuvo deliberadamente la escalada porque entendía que una guerra abierta con Irán arrastraría a todo Oriente Medio, sacudiría los mercados energéticos globales y sumergiría a Estados Unidos en un conflicto largo, caro e impopular. En su actual mandato, el patrón se mantiene, aunque el lenguaje es más audaz y la presión más intensa. En Crippled America, Trump insiste una y otra vez en que Estados Unidos debe evitar guerras que, en lugar de proyectar poder, lo erosionan.
En el caso de Irán, la estrategia de Trump no es la guerra, sino el desgaste. Busca mantener al país en una posición defensiva permanente mediante presión económica, aislamiento diplomático, amenazas verbales y señales militares limitadas. Para Israel, este enfoque también resulta más aceptable, ya que una guerra total no favorecería ni la estabilidad regional ni su seguridad a largo plazo. Desde esta perspectiva, la respuesta a la pregunta de si Trump irá a la guerra con Irán es clara tanto desde el punto de vista psicológico como histórico: considera la guerra una opción extrema e indeseable, mientras que la presión es su herramienta preferida.
Este mismo enfoque se comprende mejor al observar la historia. La expansión territorial y estratégica de Estados Unidos nunca ha sido producto de una evolución natural, sino de una combinación de fuerza, acuerdos y guerras. La separación de Texas de México y la posterior pérdida de vastos territorios mexicanos, hoy conocidos como California, Arizona, Nevada y Utah, forman parte de esa narrativa. Estos territorios pueden parecer silenciosos en el mapa, pero su suelo aún guarda las huellas de una política de poder implacable.
La compra de Alaska a Rusia y la incorporación de Hawái como estado estadounidense constituyen capítulos distintos de la misma historia. En su momento, estas decisiones fueron tachadas de absurdas. Con el tiempo, esas tierras se revelaron como activos estratégicos fundamentales en términos de petróleo, gas, rutas marítimas y superioridad militar. En todos estos casos existe un patrón común: las potencias han moldeado los principios internacionales de su época conforme a sus intereses. Trump no solo reconoce esta realidad en sus libros, sino que la presenta como una estrategia legítima del poder estatal.
La diferencia es que el mundo actual ya no es el del siglo XIX. Hoy, la Carta de las Naciones Unidas, la autodeterminación y la soberanía estatal constituyen los pilares del orden internacional. Por ello, cuestiones como Groenlandia trascienden el debate diplomático y se convierten en dilemas legales y morales de alcance global. Cuando los líderes políticos de Groenlandia afirman que no desean convertirse en estadounidenses, sino seguir siendo groenlandeses, no se trata de un gesto emocional, sino de una afirmación constitucional. Groenlandia es un territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca, con amplias competencias internas, y su futuro depende de la voluntad popular y de procesos legales, no de ambiciones externas.
La importancia de Groenlandia no reside tanto en su historia como en su geografía. El Ártico ha dejado de ser un margen olvidado del mapa. El cambio climático ha revelado nuevas rutas marítimas, minerales estratégicos y oportunidades de vigilancia militar ocultas bajo el hielo. Es en este espacio donde convergen los intereses de Estados Unidos, China y Rusia. Para Washington, Groenlandia ya no es solo una isla, sino un pilar silencioso de la seguridad nacional futura y de la competencia global.
Si se analizan conjuntamente los casos de Irán y Groenlandia, la psicología política de Trump se muestra con claridad. En Irán, prioriza la presión sobre la guerra; en Groenlandia, la influencia sobre la anexión. Es consciente de que, en el mundo actual, la guerra directa o la incorporación forzada generan más costes que beneficios. En cambio, el control a largo plazo puede lograrse mediante dependencia económica, presencia en materia de seguridad y asociaciones estratégicas, sin necesidad de declaraciones formales.
El mensaje central que atraviesa los libros de Trump es que un acuerdo exitoso es aquel en el que la otra parte llega a creer que no tiene alternativas. En Irán, Trump intenta crear la percepción de que el precio de la resistencia aumenta constantemente. En Groenlandia, busca construir un entorno en el que el futuro parezca incierto fuera de la órbita estadounidense. Por ello, no emprenderá una guerra inmediata contra Irán ni intentará anexar Groenlandia por vías legales. Mantendrá ambos escenarios dentro de un marco de tiempo, presión y control.
Esta es la esencia de la psicología de Trump. No repite la historia, sino que intenta reescribirla con nuevas palabras y nuevos métodos. Para él, el mayor riesgo no es perder territorio, sino perder el control. Ya sea Irán o Groenlandia, cada casilla del nuevo tablero de Trump gira en torno a un principio fundamental: que el control permanezca en sus manos, incluso si para ello no es necesario recurrir a la guerra.

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