¿De quién es esta guerra?
La pregunta que empieza a resonar en Estados Unidos
Por Raja Zahid Akhtar Khanzada
En los vientos inquietos de marzo, los sonidos que viajan entre Teherán y Tel Aviv ya no son únicamente el estruendo de los misiles ni el rumor lejano de las flotas navales.
La guerra ha cambiado de lenguaje.
Ya no se libra solamente con tanques, cohetes y aviones de combate. Las palabras mismas han comenzado a funcionar como munición. Los relatos circulan por el espacio público como proyectiles invisibles. Redacciones, estudios de televisión y plataformas digitales se han convertido en trincheras donde la verdad y la interpretación chocan sin descanso.
En este momento, la guerra no se combate solo en tierra o en el mar. También se libra en el terreno más frágil de todos: la definición misma de la realidad.
Durante generaciones, Estados Unidos cultivó la imagen de una república donde incluso el presidente más poderoso terminaba deteniéndose ante el umbral de la Constitución. Era un país donde el periodismo no era solo una profesión, sino también un espejo. Un espejo incómodo en el que el Estado podía verse a sí mismo.
Pero la guerra que gira en torno a Irán ha perturbado ese espejo.
Hoy se percibe una extraña inquietud en el debate estadounidense, como si una nación poderosa hubiera empezado a sentirse incómoda con su propio reflejo.
Quizás por primera vez en muchos años, dentro de Estados Unidos comienza a formularse abiertamente una pregunta: ¿es realmente esta la guerra de Estados Unidos?
Algunos críticos sostienen que la confrontación con Irán no es, en esencia, una guerra estadounidense, sino una guerra israelí en la que Washington se ha ido involucrando poco a poco.
Desde esa perspectiva, el eslogan de “America First”, que durante años ocupó el centro del discurso político estadounidense, parece haberse desvanecido silenciosamente del primer plano de la política exterior. En su lugar, empieza a insinuarse una percepción incómoda: que las prioridades estratégicas se han desplazado hacia algo que algunos describen como “Israel First”.
Desde Teherán, sin embargo, llega una respuesta igualmente clara.
Funcionarios iraníes sostienen que Estados Unidos habla públicamente de diplomacia mientras mantiene al mismo tiempo la presión militar. Argumentan que la historia está llena de momentos en los que las negociaciones y los bombardeos avanzan simultáneamente, cada uno bajo la sombra del otro.
Teherán insiste en que no está en guerra con el pueblo estadounidense. Sus líderes presentan la confrontación como una cuestión de defensa nacional y aseguran que no tienen ni la intención ni la posibilidad de retroceder en esa posición.
En medio del ruido de las acusaciones y del eco constante de la guerra, otra voz ha entrado en el debate estadounidense: Tucker Carlson.
En un video que provocó rápidamente discusión en Washington, Carlson afirmó que Israel estaba sometido a una presión considerable en el conflicto y advirtió que, si la escalada continuaba, Tel Aviv podría enfrentarse eventualmente a una pregunta aterradora: si considerar o no el uso de armas nucleares contra Irán.
No era solo una advertencia militar.
Era la evocación de uno de los temores más antiguos de la humanidad.
Una guerra nuclear no es simplemente una explosión. Es la muerte de la tierra fértil, el nacimiento de cielos radiactivos y la herencia de un sufrimiento que puede extenderse durante generaciones. La radiación no reconoce fronteras. Transportada por el viento, viaja de una ciudad a otra, de un país a otro, infiltrándose silenciosamente en los pulmones, la piel, la sangre y los huesos de los seres humanos.
Incluso imaginar ese escenario provoca un temblor en la memoria de la civilización.
Pero las ondas de choque de este conflicto no se limitan a los cálculos militares. También están transformando el paisaje intelectual y periodístico de Estados Unidos.
Lo más llamativo del debate actual es que el desacuerdo surge desde todos los rincones del espectro ideológico.
Algunas voces proceden de medios liberales. Otras pertenecen a comentaristas tradicionalmente cercanos a la política conservadora, e incluso a figuras que en el pasado simpatizaron con el expresidente Donald Trump.
Todas ellas convergen en una misma pregunta:
¿Está Estados Unidos entrando en otra guerra que no necesita y que quizá ni siquiera comprende del todo?
Carlson sostiene que Washington está siendo empujado nuevamente hacia un conflicto en Oriente Medio cuyas consecuencias podrían ir mucho más allá de la región.
Megyn Kelly, antigua presentadora destacada de Fox News y NBC, ha planteado una cuestión directa: si es prudente poner en peligro a soldados estadounidenses por los intereses estratégicos de otro país.
El comentarista conservador Matt Walsh también ha cuestionado la justificación de la guerra.
El periodista de investigación Glenn Greenwald ha advertido que la guerra suele ser precisamente el momento en que los gobiernos intentan moldear y controlar la información, convirtiendo esas circunstancias en una prueba decisiva para la integridad del periodismo.
Mientras tanto, el periodista británico estadounidense Mehdi Hasan ha señalado repetidamente lo que describe como dobles raseros en la cobertura mediática occidental de los conflictos en Oriente Medio.
Otras figuras influyentes se han sumado a la conversación.
Chris Hayes, de MSNBC, ha descrito la confrontación como una lucha geopolítica capaz de arrastrar a Estados Unidos a otro costoso atolladero.
Fareed Zakaria, analista de asuntos globales de CNN, advierte que una guerra directa con Irán podría alterar el delicado equilibrio entre las grandes potencias.
Rachel Maddow sostiene que cualquier intento de intimidar o silenciar a los medios durante una guerra representa un peligro no solo para la prensa, sino también para la democracia.
Anderson Cooper continúa informando sobre las consecuencias humanas del conflicto en la región.
Y Thomas L. Friedman, columnista de The New York Times, ha advertido que una nueva guerra en Oriente Medio podría sacudir los cimientos del orden mundial.
A pesar de sus profundas diferencias ideológicas, todas estas voces coinciden en una cuestión inquietante.
En medio del ruido de la guerra, ¿por qué está luchando exactamente Estados Unidos?
CNN publicó recientemente un análisis titulado “Siete razones por las que Trump no ha ganado la guerra contra Irán”. El informe señala varias realidades incómodas.
La expectativa de una victoria rápida ha resultado ilusoria. Washington esperaba que el liderazgo iraní se debilitara con rapidez, pero eso no ha ocurrido.
El estrecho de Ormuz, uno de los corredores energéticos más importantes del planeta, se ha convertido en una fuente de ansiedad global. Si esa vía se desestabiliza, las proclamaciones de victoria pierden rápidamente su significado.
El liderazgo iraní sigue intacto.
Han comenzado a aparecer diferencias estratégicas entre Washington y Tel Aviv.
Los precios mundiales del petróleo han aumentado.
La infraestructura nuclear de Irán no ha sido completamente desmantelada.
Y quizás lo más significativo: todavía no existe un relato claro de victoria. El gobierno estadounidense tiene dificultades para explicar a su propia población qué significaría realmente ganar esta guerra.
Mientras tanto, la economía mundial tiembla bajo el peso de la incertidumbre.
Los precios del petróleo siguen subiendo. Los mercados bursátiles han perdido billones de dólares en valor.
Las fuerzas estadounidenses desplegadas en Oriente Medio enfrentan riesgos crecientes. Empresas estadounidenses han sido señaladas como posibles objetivos. Inversores árabes que han colocado cientos de miles de millones de dólares en los mercados estadounidenses empiezan a preguntarse por qué una guerra de esta magnitud comenzó sin consulta previa, poniendo en peligro tanto sus inversiones como la estabilidad regional.
Irán también ha insinuado que futuras transacciones petroleras podrían realizarse en yuanes chinos en lugar de dólares estadounidenses.
Si un cambio así llegara a producirse a gran escala, podría sacudir profundamente la arquitectura del sistema financiero global.
Al mismo tiempo, algunos analistas señalan que las reservas estratégicas de petróleo de Estados Unidos se encuentran cerca de sus niveles más bajos en décadas, pese a que la guerra apenas ha comenzado.
Dentro de Washington también crece la tensión entre el gobierno y los medios.
La administración Trump ha advertido a organizaciones periodísticas que sus licencias de transmisión podrían ser suspendidas si difunden lo que las autoridades califican de información falsa sobre la guerra. El secretario de Defensa también ha criticado públicamente a varias cadenas de televisión.
Mientras tanto, Estados Unidos ha solicitado apoyo naval a sus aliados.
Las respuestas han sido cautelosas.
China ha pedido un alto el fuego. Francia ha rechazado participar. Japón ha guardado silencio. Corea del Sur no ha asumido compromisos claros.
Y Suiza, apelando a su histórica neutralidad, habría rechazado permitir el paso de vuelos militares estadounidenses por su espacio aéreo.
Todo esto sugiere que el conflicto no se libra únicamente en el campo de batalla, sino también en los silenciosos corredores del aislamiento diplomático.
La historia enseña una verdad sencilla: las guerras no se ganan solo con armas.
Se ganan con fuerza económica, con alianzas diplomáticas y con narrativas capaces de convencer tanto al mundo como a los propios ciudadanos de una nación.
Pero cuando los ciudadanos comienzan a preguntarse por qué se libra una guerra en su nombre, cuando estudios de televisión, universidades y parlamentos repiten la misma incertidumbre, cuando la sociedad empieza a preguntar no solo cómo se peleará una guerra sino por qué empezó, entonces el conflicto ya ha cruzado una frontera invisible.
Deja de ser simplemente una disputa por territorio.
Se convierte en una crisis de identidad.
Tal vez ese sea el momento en el que ahora se encuentra Estados Unidos.
La confrontación con Irán parece haber llegado a un punto en el que las declaraciones de victoria se vuelven cada vez más débiles y el camino hacia adelante se pierde en la niebla. Un momento en el que avanzar resulta peligroso, pero retroceder ya no parece sencillo.
Existe un viejo proverbio urdu.
Habla de una serpiente que ha atrapado a su presa en la boca y descubre demasiado tarde que no puede ni tragársela ni escupirla.
La historia produce a veces situaciones así.
Momentos en los que incluso las grandes potencias descubren silenciosamente que las guerras, una vez iniciadas, también pueden convertirse en trampas para quienes las comenzaron.
Y así la pregunta sigue resonando en el paisaje estadounidense:
¿De quién es esta guerra?

Conocido por su periodismo directo y su análisis perspicaz, Khanzada ha escrito extensamente sobre geopolítica, diplomacia, derechos humanos y los desafíos que enfrentan los pakistaníes en el exterior. Este artículo ha sido traducido especialmente al español a partir de su columna original en urdu.

